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Cómo sonreír con la mascarilla puesta

Dos centenares de profesionales de la medicina, la filología, la enfermería, la traducción científica y la universidad llenaron el lunes el gran salón del Eurofórum Infantes de El Escorial en la XIV Jornada Medes de la Fundación Lilly que en esta ocasión abordaba el “Lenguaje médico centrado en el paciente”.

La Iniciativa Medes (Medicina en Español) ha conseguido con estas jornadas y otras actividades una peculiar simbiosis entre el mundo médico y el filológico, con una pronunciada vertiente humanista y comunicadora; es un caleidoscopio profesional con colores complementarios y geometrías diversas que permiten ver los problemas sanitarios desde ángulos insólitos.

En la inauguración, José Antonio Sacristán, director de la Fundación Lilly, enmarcó la jornada: “Muchas veces pensamos que la humanización del sistema sanitario consiste en decorar las salas. Sin embargo, la humanización es mucho más: requiere cambios profundos, conceptuales y culturales, que pasan sobre todo por escuchar y entender al paciente, comprenderle y en último término consolarle. En medicina, las palabras son una herramienta esencial”. Ese inmenso poder de la palabra, lo que dice el médico, es en ocasiones más curativo que el propio tratamiento. “La pena -comentó Bertha Gutiérrez Rodilla, catedrática de Historia de la Ciencia en la Universidad de Salamanca- es que muchos profesionales no son conscientes de ello y prefieren refugiarse en las pruebas que realizan, en la pantalla del ordenador o en cualquier otra cosa antes que en hablar cara a cara con tranquilidad, sencillez y claridad con el paciente y sus familiares”. Empatía, escucha y respeto fueron algunas de las palabras que más se oirían en las sesiones. “Es necesario saber escuchar, ser franco en la mirada, mostrar comprensión y utilizar un lenguaje verbal basado en la persuasión, adaptado al nivel cultural del paciente y evitando los tecnicismos innecesarios”, resumió Rafael Aleixandre, del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (Universidad de Valencia-CSIC) y director de las jornadas junto con Bertha Gutiérrez y José Antonio Sacristán.

Dos personas, dos lenguajes

El académico de Salamanca Fernando Navarro, autor del ‘Laboratorio del lenguaje’ de Diario Médico, y primer espada indiscutible de la traducción médica en español, cumplió con creces las expectativas generadas entre los asistentes con su conferencia sobre el ‘Lenguaje médico, lenguaje de pacientes’. Divertido, elocuente y políglota. “En todo acto médico -dijo- intervienen al menos dos personas, y tan médico es el lenguaje que usa el facultativo como el que usa el paciente, aunque no se exprese en griego ni en inglés”. Sus ejemplos del habla popular, de localismos y coloquialismos, más expresivos a veces que los tecnicismos, cautivaron y sorprendieron: “Los médicos desdeñan con frecuencia estas designaciones populares por considerarlas vulgares e imprecisas; al fin y al cabo, patatús, jamacuco, telele o soponcio igual pueden referirse a un ictus isquémico, una crisis epiléptica o una simple lipotimia, que no son lo mismo. Vulgares e imprecisas: vulgares son, sí, pues los usa el vulgo, pero no siempre imprecisas. Un cultismo es más culto; un tecnicismo, más técnico; un helenismo, más griego, pero nada más. Los tecnicismos grecolatinos pueden ser más precisos que los términos coloquiales… o menos, según el caso”. Un ejemplo: “Los hormigueos en el meñique que describe un enfermo en la anamnesis suelen pasar a la historia clínica como “el paciente refiere parestesias en el quinto dedo de la mano izquierda” o algo por el estilo. Y ese aire tan científico del helenismo nos obnubila; pensamos que hemos traducido el vulgar “hormigueo” por un término mucho más exacto y preciso, cuando en realidad hemos perdido una información valiosa al utilizar un término mucho más culto, sí, pero también más vago; puesto que “parestesias” puede servir también para el enfermo que nota pinchazos en el meñique y para el que dice “siento el meñique como acorchado”. Cuando no es lo mismo, evidentemente, una cosa que otra”.

Abusos y confusiones

El poder del médico con su palabra, no pocas veces ininteligible y confusa, fue analizado por el neurólogo Ángel Sesar, del Clínico de Santiago de Compostela; la oncóloga María del Carmen Rubio, de HM Hospitales, y el cirujano Alejandro Utor, del Hospital gaditano Puerta del Mar. “Hay que pensar con cuidado lo que decimos y escribimos y cómo lo decimos y escribimos”, aconsejó Sesar. Los anglicismos, las abreviaturas, las siglas, las frases largas y sin verbos, las perífrasis y los tecnicismos son barreras comunicativas, repitieron con numerosos ejemplos estos y otros ponentes, es especial Rosa Estopà, profesora de Traducción y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, que presentó un minucioso e ilustrativo estudio sobre el lenguaje de las historias clínicas. Encontraron densidad léxica, abuso de siglas, errores ortotipográficos y estilo neutro, sin metáforas explicativas. Tras el análisis, “corregimos, explicamos y enriquecimos esas historias, definiendo por ejemplo las entidades patológicas y descomprimiendo las siglas; los textos fueron algo más largos, pero más sencillos y comprensibles, como comprobamos después con los pacientes”.

Ante un paciente más autónomo e informado, y una medicina más consciente de sus incertidumbres, “el médico debe bajarse del pedestal, aceptar la interacción y adaptarse a las distintas capacidades de sus pacientes”, recomendó Alejandro Utor. “Hay que propiciar el entendimiento compartido, que el enfermo participe en las decisiones”. Para esa tarea, el Hospital Puerta del Mar ha editado una guía titulada, muy explícitamente, ‘Entender y ser entendido’. Y comprender, traducir y empatizar, insistió Vicent Montalt, profesor de Traducción y Comunicación de la Universidad Jaime I de Castellón.

El mejor instrumento

Recordando a Gregorio Marañón, Mª del Carmen Rubio afirmó que el mejor instrumento del médico es la silla, y enumeró las cualidades de esa medicina centrada en un paciente muchas veces indefenso y vulnerable: confianza, respeto, seguridad, complicidad y esperanza. La silla al lado de la cama implica escucha activa y comunicación que puede ser no verbal, gestual. “Es posible sonreír incluso con la mascarilla puesta”, añadió la oncóloga. “Basta con una mirada sincera, expresiva y comprensiva”. La experiencia directa –dos décadas de médico de familia en Barcelona- la transmitió con gran espontaneidad Nieves Barragán, coordinadora nacional del Grupo/Programa Comunicación y Salud de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria. “Escuchar se deriva del término latino auscultare”, recordó. Y para eso hace falta disponibilidad interior y concentración en cada persona. “¿En qué le puedo ayudar?” es la frase con la que recibe a sus pacientes. Y luego busca siempre la eficiencia: “Significa más aciertos diagnósticos, más seguridad, más conocimiento del contexto y la máxima cordialidad con el paciente, con menos recursos, de tiempo y dinero, con errores y con cansancio”. Es la difícil aritmética con la que se enfrentan a diario en las consultas y hospitales.

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