home Entrevistas “Cruzar el Atlántico en un velero es una forma de suicidarse”

“Cruzar el Atlántico en un velero es una forma de suicidarse”

Lolo, como le gusta que le llamen, acaba de poner un pie en el puerto de Santander, donde nació hace 61 años. Por delante le esperan 30 días en tierra firme, hasta volver a embarcar a bordo del buque hospital Juan de la Cosa. Médico del Instituto Social de la Marina, donde ingresó en 1984 -“fui de los pioneros en este servicio”, dice-, pasa un mes en tierra y otro en alta mar, allí donde el horizonte se curva.

PREGUNTA. ¿De dónde viene?
RESPUESTA. Acabo de volver de pasar el mes de junio atendiendo la flota de pesqueros del bonito del norte. Comenzamos a 400 kilómetros al norte de las Islas Azores (Portugal) y hemos ido avanzando, siguiendo los bancos de bonito hasta unos 150 kilómetros al norte de la costa cantábrica.

P. ¿Cuántos barcos eran?
R. Entre 70 y 100 barcos, con entre 1.200 y1.500 pescadores.

P. ¿Alguna incidencia reseñable?
R. Cuatro asistencias a pesqueros y un ingreso por rotura de tibia. El marinero se quedó en el buque y nos lo hemos traído.

P. ¿Quiénes forman el equipo sanitario del Juan de la Cosa?
R. Somos dos médicos, un enfermero y un auxiliar sanitario. Eso es lo que sale cada mes.

El buque hospital Juan de la Cosa estuvo atracado en el puerto de Santander del 27 de junio al 2 de julio.

El buque hospital Juan de la Cosa estuvo atracado en el puerto de Santander del 27 de junio al 2 de julio.

P. Tienen quirófano en el barco, así que pueden operar.
R. Bueno, a un quirófano se puede entrar a limpiar o a hacer algo, pero para hacer algo necesitamos un equipo mínimo de cinco personas. No hay una carga de trabajo que justifique ese personal. Nosotros estamos preparados para estabilizar a un paciente grave, hasta que le vea un médico de verdad. Le derivamos, si podemos.

P. ¿Le evacuáis con helicóptero?
R. Eso si estamos en un radar de helicóptero, que supone estar a un máximo de 300 kilómetros de la costa. Si no es así, pues lo tenemos que aguantar hasta estar en radar. Para eso pueden pasar días.

P. ¿Qué hacen entonces?
R. Contamos con medios. Estamos en la red que monitoriza a las expediciones de Defensa.

P. ¿Desde cuándo lleva con esta vida?
R. Empecé en los años 85 y 86, del siglo pasado, trabajando en el Esperanza del Mar, que atiende a los pesqueros de las costas de África. Entonces hacíamos casi una medicina de guerra, pues había muy poca cultura de prevención.

“En 2005 me llamaron para participar en la contrucción del hospital del buque Juan de la Cosa”

P. Supongo que en el buque Juan de la Cosa comenzaría como el primer médico.
R. En 2005 me llamaron para asesorar en la construcción del hospital del barco, después de que uno de mis maestros, Jorge Herrador, declinara el ofrecimiento. Al final participó conmigo en el diseño, que fue una experiencia tremenda. Pero la atención ya había comenzado antes.

P. ¿Cuándo?
R. Desde 1990, España, en colaboración con Francia, estaba dando cobertura sanitaria a los pescadores del Atlántico Norte, igual que hacía el Esperanza del Mar en África. Al principio se alquilaban barcos, normalmente remolcadores, pero era un lío porque no estaban preparados para albergar lo necesario para dar asistencia médica. Hasta que, en 2004, el Instituto Social de la Marina decidió construir el Juan de la Cosa. Tardaron dos años en hacerlo.

P. ¿Qué intervención en alta mar recuerda de manera especial?
R. Hace no mucho atendimos a un velero perdido. Era de un francés, que había ido a comprarlo a una isla del Caribe y lo llevaba a su casa en la costa francesa, cruzando el Atlántico. Estaban donde Cristo perdió las gafas. Contactó por teléfono satélite, pero se quedó sin carga en la mitad de la conversación, porque no podía navegar y cargaba así. Éramos el barco más cercano para ir a ayudarlo, y estábamos a 15 horas de travesía; eso si lográbamos dar con él.

P. ¿Qué le pasaba?
R. Era como una película o una novela de terror en el mar. Había dos personas en el barco, pero el único que sabía manejar el velero era el francés, el dueño del barco, el que había tenido el accidente. Me dijo que era médico y que se había partido la pierna por cinco sitios. Me describió una situación dramática y, además, la posibilidad de encontrarlo era muy remota, con lo cual pensé: “Este se muere”.

“A los buceadores les digo que no, que el primero no es el paciente, que el primero soy yo”

P. ¿Qué pasó?
R. Lo encontramos encajado en la bañera del velero, de 14 metros, amarrado al timón desde donde llevaba el barco como podía, con un dolor tremendo y solo disponía de Tramadol para el dolor. Estuvo toda la noche así y con la pierna puesta como podía. “Está usted vivo: ¡qué sorpresa!”, pensé.

P. Había exagerado, un poco fatalista…
R. Bueno un poco… Era psiquiatra, según me enteré al día siguiente. Pero estuvimos cinco horas para poder inmovilizarlo y sacarlo del barco. Se moría de dolor y eso que le pusimos analgésicos fuertes.

P. ¿Cómo trasladáis a una persona inmovilizada de un barco a otro en alta mar?
R. Nos faltan manos. Contamos con buceadores, que no le van a tener miedo si se da la vuelta la lancha o si se nos cae el paciente. Yo soy un pato, aunque he buceado, pero conmigo van tres buceadores. Siempre les pregunto lo mismo: “¿Quién es el primero?”. Me responden: “El paciente”. Y les digo que no, que el primero soy yo, el médico.

“La gente no se imagina que entre 1.500 y 2.000 personas atraviesan el Atlántico todos los años en velerito”

P. ¿No es una temeridad cruzar el Atlántico en un velero?
R. En el mundo de la mar no hay temeridades. Hay gente que dice que se coge un barco y se va a hacer la vuelta al mundo en solitario y se lo permiten. Es una forma de suicidarse.

P. Luego van ustedes y los rescatan…
R. No necesariamente, eso te lo encuentras. El mar es inmenso. En el caso que he contado hubo suerte. La cantidad de marinos que desaparecen sin volver a decir ni pío es inmensa. La gente no se imagina que hay entre 1.500 y 2.000 personas que atraviesan el Atlántico todos los años en un velerito de andar por casa y se la juegan. Nosotros estamos para embarcaciones de pesca, pero en la mar cualquier barco tiene la obligación de prestar auxilio a quien lo demande.

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