“El estudiante de Medicina tiene un grado de sufrimiento alto”

La salud del médico joven es un terreno en el que queda trabajo por hacer, particularmente en el caso de los estudiantes, según reconoce Eugeni Bruguera, director asistencial de la Clínica Galatea (Barcelona), un centro integrado dentro de la red del Programa de Atención Integral del Médico Enfermo (Paime), especializado en atender a médicos y otros trabajadores sanitarios con problemas de adicciones y/o trastornos mentales.

PREGUNTA. ¿Cómo ha cambiado el perfil de los pacientes del Paime en estos 20 años?

La demanda de atención voluntaria espontánea ha pasado de un 80 al 95% frente a la voluntaria inducida o a la denuncia. Ahí creemos que influye en el que el Paime es uno de los servicios mejor valorados. La edad media también se ha reducido una década, estando sobre los 45 años. También han cambiado las enfermedades: ahora tratamos a más pacientes por trastornos adaptativos o depresión que por adicciones, aunque fundamentalmente es por el incremento de la demanda en atención primaria, por el mayor estrés que están experimentando.

¿Cómo abordan el burn-out desde el Paime?

Como programa asistencial, no entendemos el burn-out como un diagnóstico, sino un estado emocional relacionado con el trabajo. Pero estamos observando una demanda relevante de atención en médicos de primaria con trastornos adaptativos, donde el papel de los estresores profesionales es relevante: hay una gran presión asistencial, se ha incrementado la demanda por parte de la población, los horarios son agotadores…

Según los datos históricos, sobre el 22% de los pacientes son menores de 35 años. ¿Hay alguna característica diferenciadora, ya sea en las causas o el abordaje?

Sobre las causas, podríamos haber esperado un mayor porcentaje de adicciones, pero la demanda gira más alrededor de trastornos afectivos y de ansiedad. Podríamos asumir que ahora los MIR están peor, pero creemos que es erróneo. Probablemente tenga más que ver el trabajo que hemos hecho con los tutores y residentes, de tal modo que, ante un momento de sufrimiento, acuden a nosotros. El Paime no se ve como un organismo controlador, sino una entidad asistencial y la mayoría vienen de forma espontánea. En un pequeño porcentaje de casos podemos llegar a tener el dilema de hasta qué punto el MIR está en condiciones de ejercer la profesión. Nuestra voluntad es siempre la integración laboral, pero a veces hemos llegado a sugerir un cambio de especialidad, por ejemplo, ante un residente de Anestesia.

¿Influye la especialidad? ¿Por qué hay unos perfiles más frecuentes que otros?

Pues, por ejemplo, en el caso de los médicos con adicciones, dos de cada tres tienen problemas con el alcohol, y luego con psicofármacos, como las benzodiacepinas … en el caso de los anestesistas, es mayor que en otras especialidades la incidencia de hipnosedantes y opiáceos. Ahí se cumple el axioma de que la disponibilidad hace que el consumo sea mayor, dado que son sustancias relacionadas con su trabajo. En ese colectivo nos vemos obligados a dar una atención mucho más centrada en esos aspectos y una supervisión sobre los posibles riesgos de mala praxis y en la reinserción laboral.

¿Y en Psiquiatría?

Ahí es más difícil establecer una hipótesis de trabajo, pero hay que reconocer que como pacientes son más complicados. Hay una doble dificultad: al psiquiatra le cuesta mucho estar al otro lado, y además le atiende otro médico de su especialidad.

¿Qué líneas de investigación tienen abiertas?

Tenemos varias. Un tema que nos preocupa es que vemos a menudo que desde la facultad de Medicina ya hay un nivel de sufrimiento alto. Los estudiantes de Medicina son un colectivo de riesgo. Tienen unas características especialidades, porque han pasado como filtro previo una nota de corte muy alta, lo que implica un nivel de autoexigencia muy alto y grandes expectativas tanto para lo bueno como para lo malo. La tasa de sufrimiento y estrés y de trastornos emocionales en el colectivo de los estudiantes tiene que hacernos pensar en qué tipo de intervención que habría que hacer.

“No hay mejor forma de identificarse como un enfermo que poder proyectarse en otro compañero sanitario en  tu misma situación”

Siendo el Paime más conocido y con una mayor conciencia social sobre las drogas y salud mental, ¿tan difícil es lidiar con el médico paciente?

Diría que a lo largo del tiempo ha ido mejorando, si bien hay que tener en cuenta que, por ejemplo, el médico suele automedicarse con más frecuencia, buscar sus propias soluciones. Pero estas dificultades iniciales, que siempre están y que suponen una barrera, luego son una ventaja. Nosotros trabajamos mucho a nivel grupal. En adicciones, tenemos un modelo que combina atención individual y grupal y ahí el médico no está solo: comparte espacio con otros compañeros, así que el proceso de identificación es más rápido y es más fácil un cambio de esquema y que haya una participación activa y positiva. Hemos hecho una revisión sobre la eficacia de la intervención en médicos adictos y los resultados son mucho más positivos que en la población general, casi del 90% en dos años de tratamiento.

¿Y eso no choca con la confidencialidad del programa?

Tenemos que conjugar confidencialidad y la toma de conciencia del problema, y no hay mejor forma de identificarse como un enfermo que cuando puedes proyectarte en compañeros en tu misma situación. Peor hay que recordar que nosotros procedemos a un cambio de nombre para participar y, aunque Barcelona no es tan grande y es posible que se crucen profesionales que se conocen, también hay un compromiso de confidencialidad hacia los demás.

¿En qué influye la feminización de la profesión?

Como ocurre con la población general, las médicas tienen una menor incidencia de las adicciones y más de trastornos afectivos. Además, la literatura indica que tienen 4 veces más riesgo de suicidio que la media de la población. En esto pueden influir diferentes factores: un nivel de autoexigencia muy alto, la dificultad para conciliar…

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