El rechazo ‘práctico’ al control de los horarios

Desde que inventó la rueda el ser humano no ha dejado de imaginar métodos y aparatos que le ahorraran esfuerzos. Y no le ha ido nada mal. Frente a las 3.000 horas anuales que se dedicaban a trabajar de media en la Europa de finales del siglo XIX y las 2.000 a mediados del siglo pasado, ahora la media está en torno a las 1.700 horas. Esos promedios lógicamente varían según cada país, cada oficio, cada empresa y cada persona. Pero la tendencia bajista parece que continuará. Ya hay empresas que han implantado la semana laboral de cuatro días, con aumento de la productividad y de la satisfacción de los empleados. A la vez, hay empresas y tareas que exigen más de ocho horas diarias y fines de semana.

Con buena intención, el decreto del Gobierno sobre el control de los horarios laborales que entró en vigor el mes pasado pretende aflorar los siete millones de horas extras a la semana que, según los sindicatos, trabajan los españoles ocupados; y de paso recaudar para la Hacienda varios cientos de millones de euros por las horas que no se declaran.

Pero, como enseña el refrán, de buenas intenciones están llenos los panteones. La norma se está encontrando no tanto con un rechazo ideológico sino práctico: aparte de su regusto anacrónico, es difícil de aplicar en numerosas profesiones. “La realidad de la empresa moderna en un entorno globalizado -escribía en Expansión Íñigo Sagardoy de Simón, presidente de Sagardoy Abogados- hace del retorno a los sistemas clásicos del control del tiempo una peligrosa regresión que incide con especial intensidad, precisamente, en aquellos sectores de actividad tecnológicamente más avanzados”. Y a Manuel Carmona, vocal de Medicina Privada de la Organización Médica Colegial, la norma le parece “absurda” en un entorno en el que se trabaja por procesos (intervenciones, atención de pacientes), no por horas. “Fichar al inicio y al final de la jornada mide el tiempo, pero no la actividad que desarrollas”, decía por su parte Gabriel del Pozo, vicesecretario general de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos.

En una era en la que se intenta impulsar el teletrabajo, la flexibilidad y la conciliación laborales, el mero control del tiempo y no el de la productividad no hará más que burocratizar y entorpecer las relaciones empleador-empleado. Hay que corregir los abusos, sin duda, pero sobre todo hay que seguir aplicando la inteligencia para distribuir mejor las cargas laborales y trabajar con más eficacia en menos tiempo.

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