Embarazo: un diálogo molecular a vida o muerte

Hace poco saltaba a los titulares la denuncia de un joven indio contra sus padres por haberle traído al mundo. Seguramente, el asunto, si es cierto en este tiempo de faroles informativos, lo habrán descartado los tribunales por absurdo metafísico: no existe un derecho a no nacer, aunque haya habido conatos sociales y hasta jurídicos en tal sentido. La vida se abre paso hasta en situaciones tan extremas como el caso de una mujer de 29 años que en diciembre pasado dio a luz en un hospital de Phoenix en Arizona, a pesar de llevar diez años en estado vegetativo. Poco después se supo que un empleado del centro había abusado de ella.

Aunque cada vez se conozca más la biología reproductiva y embrionaria, la vida, su origen, sigue ocultando muchos misterios. Es una bendición precedida de dolores de parto y molestias gestacionales. Y aunque exista la predisposición maternal, muchas mujeres optan por deshacerse del hijo de sus entrañas por una acumulación de miedos e inseguridades que desfigura el rostro de la vida incipiente y lo reduce a cúmulo celular desechable.

Y eso que, como bien saben embriólogos, neonatólogos y pediatras, el embarazo no es nada automático. La mitad suelen fallar en la etapa de implantación, sin que a menudo la mujer se percate de ello. El intrigante ‘derroche embrionario’ tendría razones evolutivas y protectoras. La invasión en el cuerpo femenino de un ser algo extraño inicia un diálogo molecular y hormonal que a veces se convierte en batalla inmune: si el embrión no logra convencer a su madre de que es normal y sano, puede ser expulsado sumariamente, y a la inversa, si las condiciones de anidación no le satisfacen, puede lanzar ataques en busca de ayudas para sobrevivir, como más oxígeno, por ejemplo, pero que perjudican a la madre en forma de diabetes gestacional o de preeclampsia.

Generar vida, tarea reservada a las mujeres seguramente por su mayor ternura y fortaleza, es sin duda la principal labor para que todo siga girando. Sin patologizar el embarazo, como a veces se intenta, la protección de la maternidad sigue siendo, a pesar de los enormes avances y de la disminución de la mortalidad materna en todo el mundo, una obligación colectiva: médica, en primer lugar, pero también política y económica. Ante un entorno que no invita demasiado a recibir nuevas vidas, hay que cuidar no sólo el delicado útero materno sino el nido familiar y social en el que seguirá creciendo ese sorprendente invasor. 

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