Hasta un 80% de la funcionalidad puede recuperarse tras un ictus

Dos de la madrugada. Una pequeña llamada -dos timbrazos- que se corta, pero que es correspondida inmediatamente. Después de un tiempo de espera -que parecen siglos-, al otro lado del teléfono, una voz casi ininteligible: “No puedo moverme”. Isabel, 60 años, periodista radiofónica, acaba de sufrir un ictus. La activación del Código Ictus de la Comunidad de Madrid consigue que en menos de dos horas Isabel esté ya ingresada en la Unidad de Ictus del Hospital Gregorio Marañón, de Madrid, con un diagnóstico de ictus hemorrágico con hemiplejia derecha y disartria.

Y es entonces cuando la vida se para. Isabel, una mujer muy activa y totalmente independiente debe, primero, entender qué ha ocurrido. Después, asimilar que ha de volver a aprender todo lo que antes hacía de forma natural: hablar, andar y mantener el equilibrio, peinarse, escribir, vestirse, partir los alimentos, lavarse los dientes; porque, en estos momentos, es completamente dependiente. Y aquí es cuando entra en juego la rehabilitación que, además del tratamiento médico y del control de los factores de riesgo que han desencadenado el evento cerebrovascular, será la encargada de que la vida de Isabel vuelva a arrancar de una forma paulatina, prolongada -la mayoría de los afectados por un ictus pasará entre 3 y 6 meses, como mínimo, en tratamiento rehabilitador acudiendo cinco, tres o dos días en semana, según los casos- y no exenta de subidas y bajadas de ánimo.

Lograr autonomía personal

Un médico me salva la vida, pero un terapeuta ocupacional me enseña a vivirla”, resume en una frase Pilar Sánchez Martínez, terapeuta ocupacional de adultos en el Servicio de Rehabilitación del Instituto Provincial de Rehabilitación (IPR) del Hospital Gregorio Marañón, un centro de referencia en rehabilitación, la labor, casi vocacional y poco conocida, que desarrollan estos profesionales que, junto a fisioterapeutas y logopedas, forman parte del ‘triángulo de oro’ de la rehabilitación del ictus y de otras diversas patologías cuyos enfermos necesitan, a grandes rasgos, recuperar las funciones perdidas y necesarias para desenvolverse en la vida diaria.

El protocolo del Gregorio Marañón, hospital que dispone de las tres especialidades de rehabilitación, marca que es el médico rehabilitador el que valora las deficiencias que ha ocasionado el ictus y el que prescribe el adecuado tratamiento.

La terapia ocupacional, como el resto de modalidades rehabilitadoras, tienen un objetivo común: potenciar la función y funciones pérdidas de una forma totalmente personalizada 

Pilar Crespo, médico rehabilitador del IPR del Gregorio Marañón, considera que la rehabilitación, en general, y la terapia ocupacional, en particular, tienen metodologías distintas, pero complementarias y “apuestan por un objetivo común: otorgar al paciente una mejoría de sus funciones, con una característica principal: se realiza de forma totalmente personalizada y orientada a potenciar una función o funciones concretas que se han perdido o con riesgo importante de perder su independencia”.

El juego como medio

En este centro, además de procesos de carácter neurológico, como el ictus u otros procesos traumatológicos, tienen cabida personas con reagudización de patologías crónicas como EPOC, insuficiencia hepática o cardíaca, así como convalecencias de accidentes, enfermedades o cirugías y cuidados paliativos en enfermos oncológicos y no oncológicos.

La razón de ser de la terapia ocupacional es lograr la mayor autonomía en las actividades del día a día, lo que se logra con rehabilitación y reentrenamiento de las capacidades perdidas. Pero, lejos de utilizar sofisticadas tecnologías, las salas de los terapeutas ocupacionales están repletas de humildes materiales (lápices de colores, plastilina, pequeños martillos, trozos de revistas, cubiletes de plástico, pelotas, cestillos de mimbre, cuadernillos para escribir, monedas…) con los que los pacientes -día a día, con gran esfuerzo y con avances que no suelen ser visibles hasta pasado un tiempo- van habilitando su capacidad para lograr, de la mejor forma posible, la independencia que les devuelve a la vida social, laboral y familiar.

Día tras día se van reentrenando las capacidades pérdidas mediante el juego como medio educador, y con materiales sencillos que contribuyen a recuperar

psicomotricidad gruesa y fina 

 

El aprendizaje, como ocurre en la infancia, siempre se realiza a través del juego. En la terapia ocupacional, el juego es el medio para alcanzar un fin. “Poco a poco, con instrumentos gruesos y simples y mediante el adiestramiento de la coordinación cerebral, el paciente va adquiriendo motricidad más fina, aprendiendo a coger objetos pequeños, a sujetar el lápiz y a hacer trazos gruesos o más finos. Se fomentan de nuevo actividades que requieren coordinación, equilibrio, fuerza y psicomotricidad fina y gruesa”, indica Sánchez, para “alcanzar las dos palabras claves que persigue la terapia ocupacional: independencia y autonomía”, indica la terapeuta ocupacional Evelyn Mayordomo.

“El profesional se marca objetivos de funcionalidad y de autonomía personal, pero es curioso que el paciente percibe que lo que está recibiendo es calidad de vida y bienestar”, añade la terapeuta ocupacional Almudena Sañudo Miragaya. “Sienten que pasan de ser personas con alguna discapacidad a ser personas independientes, autónomas y felices”, subraya Sánchez, quien, no obstante, no olvida que “enseñar ‘otra vez’ lo que ellos ya sabían antes de la lesión les causa, muchas veces, trabajo y frustración. Paciencia, comprensión y persistencia son armas que los profesionales debemos desarrollar para pasar la barrera que ponen como pretexto: lo haré cuando me recupere, ahora no puedo, mi familia me lo hace, para qué sirve… Por ello, en los programas de tratamiento también es importante contar con la ayuda de la familia o el cuidador”.

Estrategias integrales

El restablecimiento funcional es también un fenómeno individual que varía de un paciente a otro. La edad y la lesión concreta -sobre todo si es neurológica- son factores que determinan el grado de recuperación que, en muchos casos, se sitúa en cerca de un 80% por ciento. No obstante, Sañudo matiza que “los objetivos del tratamiento deben ser siempre realistas, por lo que marcarse pequeños objetivos es lo más adecuado”.

Arriba, las terapeutas Evelyn Mayordomo, Pilar Sánchez Martínez y Almudena Sañudo Miragaya, junto a José María Ubiera, coordinador de Actividades de Rehabilitación del IPR, de Madrid, y Toñi Mejía, auxiliar clínica, acompañados de pacientes en tratamiento. En primer término, Maite Guijarro y Laura Montero Pizarro, alumnas de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Arriba, las terapeutas Evelyn Mayordomo, Pilar Sánchez Martínez y Almudena Sañudo Miragaya, junto a José María Ubiera, coordinador de Actividades de Rehabilitación del IPR, de Madrid, y Toñi Mejía, auxiliar clínica, acompañados de pacientes en tratamiento. En primer término, Maite Guijarro y Laura Montero Pizarro, alumnas de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

 

El conocimiento del entorno del paciente, dónde vive, cómo es su accesibilidad a la vivienda, de qué recursos económicos dispone, también son factores que orientan las estrategias terapéuticas y de una forma más sólida en los casos en los que la recuperación funcional no ha sido la deseada, porque “la terapia también se encarga de modificar la funcionalidad o la de su entorno buscando otras posibilidades e incluso ayudas técnicas”, indica Mayordomo.

El paciente es el centro de la actividad en el ámbito rehabilitador. El trabajo coordinado entre distintos profesionales consigue una mayor y mejor evolución 

José María Ubiera, coordinador de Actividades de Rehabilitación del IPR del Hospital Gregorio Marañón, considera que “la interrelación que se establece en el ámbito rehabilitador pone al paciente en el centro de la actividad. El trabajo coordinado entre los distintos profesionales supone una mayor y mejor evolución para la persona afectada”.

El uso de actuaciones, técnicas, procedimientos, métodos y modelos que, con fines terapéuticos de la ocupacion y el entorno, promueven y previenen lesiones o discapacidades o mantienen y restauran el mayor nivel de independencia funcional cuando se ha producido una enfermedad o lesión, debe, a juicio de Sánchez, no olvidar que “tratamos a personas, por lo que debemos considerar al ser humano desde una visión holística: biológica, psicológica y social. Esa es la perspectiva del terapeuta ocupacional”.

Presencia irregular 

En España, la terapia ocupacional empieza a implantarse en los años sesenta. Actualmente es una diplomatura y sus profesionales cuentan con una Asociación Profesional Española de Terapeutas Ocupacionales (APETO). Sin embargo, no es difícil que, incluso en el ámbito sanitario, exista confusión entre el papel de la fisioterapia y el de la terapia ocupacional. Ambas, junto con la logopedia, son complementarios: la fisioterapia es muy indivual, se centra en resolver una lesión concreta y la terapia ocupacional enfoca el proceso en un entorno global.

Profesión sanitaria muy avanzada en países como Canadá, en España su implantación en los servicios hospitalarios de Rehabilitación es irregular y no presente en todos (ver información página 27), por lo que una de las peticiones es “mayor presencia en los equipos de rehabilitación”.

 

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