La alianza entre clínica y farmacia beneficia al paciente con mieloma múltiple

El tratamiento del mieloma múltiple (MM) no tiene nada que ver hoy con el de hace una década, en términos de supervivencia y calidad de vida de los pacientes. La irrupción de nuevos medicamentos, y en especial de los inmunomoduladores, ha desplazado a la quimioterapia convencional para dar paso a un manejo más seguro, eficaz e incluso más conveniente para el paciente, gracias a la administración oral. Ese cambio terapéutico implica una mayor interacción entre el hematólogo y el farmacéutico hospitalario, lo que redunda en beneficio del paciente. Así lo ven Felipe Casado, hematólogo del Hospital Virgen de la Salud, de Toledo, y Miguel Ángel Calleja, jefe de Servicio de Farmacia Hospitalaria del Hospital Virgen Macarena, de Sevilla, quienes han participado en un Cara a Cara Farmacéutico-Médico organizado por DIARIO MÉDICO en colaboración con Celgene.

“El farmacéutico se dirige de una actividad menos clínica hacia otra más cercana a pacientes y médicos”, opina Calleja, que incide en la “importancia de contar con farmacéuticos de referencia en Hematología”, algo que ya se da en centros de cierto volumen.

Casado apunta que un nexo fluido con el farmacéutico “permite que las cosas funcionen mejor. Un buen canal de comunicación agiliza la resolución de problemas e influye en que los pacientes estén mejor tratados”. Si bien esto es lo deseable, la realidad muestra una gran variabilidad, dependiendo de cada hospital, por lo que ambos coinciden en que aún hay mucho que mejorar.

De cara al enfermo con MM, “la farmacia está cada vez más implicada, a medida que ha crecido la dispensación de fármacos orales, un hecho que tenemos que resaltar por lo que supone en la calidad de vida del paciente”, recuerda Calleja. En las consultas, los pacientes con mieloma constituyen un grueso asistencial, puesto que “la mayoría de los tratamientos empleados son crónicos y exigen gran control”, afirma Casado, que lamenta que los requisitos legales impiden la administración de ciertos fármacos fuera del hospital, en especial en el medio rural, donde se viven mayores distancias con el centro hospitalario.

Los dos expertos coinciden en que la disponibilidad de los fármacos frente al MMen España es adecuada, si bien algunos aspectos del acceso despiertan discrepancias: mientras que a la farmacia le gustaría una mayor concreción al ordenar los fármacos en líneas terapéuticas, lo cierto es que la información aportada por los ensayos clínicos y los informes de posicionamiento terapéutico remiten en ocasiones al criterio clínico ante cada paciente.

Casado argumenta que “el concepto que debemos asumir no es ahorrar más, sino gastar mejor. Lo mejor siempre debe ir primero. A veces, utilizamos un tratamiento en segundas, terceras líneas, y al final es más caro porque debemos administrarlo en combinaciones y el beneficio aportado será menor”.

Las dificultades de elección surgen con esquemas muy parecidos en eficacia y seguridad con un coste diferente o cuando se aporta más eficacia, pero con una diferencia económica enorme. “Estoy de acuerdo en que lo mejor debe ir primero, pero como suele ser también más caro, hay que plantearlo con mentalidad de inversión a varios años, un concepto casi inexistente en los hospitales públicos. De ahí que la evaluación económica no debería hacerse comparando esquemas año a año”, reflexiona Calleja, que propone también acortar la espera de las evaluaciones de las comisiones de farmacia. “Hay veces que tardan meses, con lo que puede suponer de pérdida de oportunidad terapéutica para el paciente”.

Casado va más allá y critica el planteamiento del proceso desde su raíz burocrática; en concreto, discrepa de la necesidad del refrendo de una comisión local (autonómica u hospitalaria) tras las aprobaciones de la EMA y el Ministerio; “me gustaría que hubiera una agencia evaluadora española, donde participaran todas las partes, incluyendo a los pacientes”.

Ambos profesionales tienen en común la posición de mediadores: el farmacéutico con el pagador y el clínico con el enfermo, pero también comparten un claro objetivo: el beneficio del paciente. “Al valorar el fármaco, siempre consideramos, en primer lugar, la eficacia y seguridad, y como variables secundarias, la conveniencia (administración cómoda) y el aspecto económico”, subraya Calleja.

Tras reconocer las carencias en los modelos actuales de evaluación –”la mayoría son incompletos; tendrían que incluir factores como las bajas del paciente y de los familiares que lo acompañan, por ejemplo”–, Casado recuerda que “las evaluaciones farmacoeconómicas en el MM han sido muy convenientes por los tratamientos orales; porque se administran en el domicilio, tienen muy pocos efectos adversos y requieren muy poca terapia concomitante”. Sobre la posibilidad de mantener la administración oral con los nuevos esquemas, Casado reconoce que dependerá del tipo de paciente. Sí parece claro que la introducción de genéricos agilizará el establecimiento de tripletes terapéuticos.

Con estas herramientas, el futuro de la enfermedad se aborda de forma optimista: “En los pacientes mayores, se logrará que no pierdan muchos años de vida, teniendo en cuenta que la mediana de diagnóstico son 70 años”, expone Casado. “En los jóvenes, en cambio, una expectativa de vida de 12 ó 15 años, aunque es claramente superior a la que tenían hace algo más de una década, no parece suficiente, pero con un tratamiento crónico cada vez estamos logrando que haya más pacientes largos supervivientes”.

En ese recorrido hacia la excelencia terapéutica, Calleja considera que la farmacia puede contribuir potenciando el ensayo clínico; asegurando que la indicación del hematólogo se cumpla, por ejemplo, con estrategias de control de la adherencia de los pacientes, e implicándose más en los resultados en vida real. Al hilo, Casado recuerda una demanda no por antigua menos acuciante: la puesta en marcha de registros de pacientes.

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