“No creo en el corporativismo; el paciente debe ser lo primero”

Una descripción sintética del cirujano cántabro Francisco Piñal bien sería “el médico que acabó con la enfermedad de Südeck”. Una más amplia debería mencionar la sólida formación –entre sus mentores, está el cirujano estadounidense Kleinert–, la vocación quirúrgica –”le di un disgusto a mi padre al no escoger medicina interna”– y la defensa firme de sus ideas, fruto de una manera de entender la medicina basada en la observación y el análisis, que no siempre le ha granjeado amistades.

Su tesis más polémica cuestiona la existencia de la distrofia simpática refleja o enfermedad de Südeck, descrita como una patología osteomuscular crónica muy dolorosa
que causa rigidez de las articulaciones y escasa movilidad (impide la flexión de los dedos de la mano) e hipersensibilidad cutánea, entre otros síntomas incapacitantes. Esa enfermedad, que describió el cirujano alemán Paul Südeck en 1900, sin etiología clara, más frecuente en mujeres entre los 40 y 60 años, requiere un tratamiento crónico del dolor. Y hasta aquí lo que aparece en los libros de texto.

En la práctica, Piñal afirma que ha atendido a numerosísimos pacientes etiquetados como Südeck en los que “hemos hallado y tratado con éxito su verdadera patología”, de forma que ha remitido el dolor y se ha recuperado la movilidad. Apoya sus explicaciones con vídeos de los enfermos intervenidos, en su gran mayoría mujeres, casos de éxito sobre los que no puede ocultar cierto orgullo: “Una paciente me dijo tras operarla que se le habían quitado las ganas de suicidarse. Solo este caso a mí me vale por cien”.

PREGUNTA. Su hallazgo, o mejor dicho su desencuentro con la enfermedad de Südeck, ¿qué nos indica sobre la cirugía de la mano?
RESPUESTA. Nos dice, no solo sobre la cirugía de la mano sino sobre la medicina, en general, que pensar que hemos descubierto todo y hemos llegado al límite del conocimiento es de estúpidos. Si no nos cuestionamos lo que nos enseñan, nunca avanzaremos. Lo lamentable es que creemos que lo sabemos todo, cuando ahora nos limitamos a analizar lo establecido. La medicina se basa en la observación y en el análisis. Si solo medimos datos, parece que no hay nada nuevo que aportar.

P. ¿Y usted cómo empezó a cuestionar esa enfermedad?
R. Hace 25 años. En mi carrera, en realidad, no me he dedicado principalmente al tratamiento del dolor, sino a la artroscopia de muñeca –puse los patrones de la cirugía para tratar la fractura de radio– y al implante de dedos del pie a la mano –he efectuado más de 500–. Pero desde el principio empecé a ver que había trastornos que se etiquetaban como distrofia simpática refleja y se correspondían a otras lesiones. Lo revolucionario de mi propuesta es que, ante este cuadro, hay que pensar siempre que es alguna patología diferente e intentar curarla.

P. Sin embargo, la mayoría de los cirujanos no dudan de que existe.
R. El problema fundamental de la enfermedad de Südeck es que está en los libros y, por tanto, la gente no lo cuestiona. Se atribuye, en teoría, a una disfunción del sistema nervioso central o periférico y suele aparecer en pacientes que han sufrido previamente algún tipo de traumatismo o fractura, una intervención quirúrgica o una patología infecciosa. Pero yo veía que al operar a esos pacientes, se curaban, desaparecía el dolor. Me di cuenta de que en realidad sufrían errores de diagnosis y falta de conocimiento de una patología oculta.

P. Según su experiencia, ¿qué tipo de pacientes se encuadran en esta diagnóstico erróneo?
R. Enfermos que han sufrido fracturas u otras lesiones (incluida la del túnel del carpo) intervenidas de forma inadecuada en el área de la muñeca; también casos de neuroestenalgias (dolor continuo en el nervio), y cuadros de compresión dinámica del nervio mediano que pasan desapercibidas. En general no es mala intención, aunque también, y esto tengo que decirlo, puede serlo. Hay quien a sabiendas utiliza el Sudeck para cubrir sus errores.

P. Eso que dice es muy poco corporativista…
R. Es verdad que a los médicos muchas veces nos atacan injustamente y nos tenemos que proteger, pero el paciente debe ser siempre lo primero. Hay cosas que puedes empezar bien y acabar mal, y también hay cosas que se empiezan mal por sistema. En mi experiencia, la mayoría de las denuncias de los enfermos vienen de un mal entendimiento: no porque te hayas equivocado, sino porque intentas ocultarlo.

P. ¿Ha expuesto esta teoría a sus colegas?
R. La primera vez que la intenté publicar, en la revista de la sociedad científica americana, la rechazaron. Es algo habitual hoy en día: si presentas en una buena revista científica algo que no sigue la línea marcada, no se publica. Más recientemente, en 2013, escribí un editorial negando la existencia de la distrofia simpática refleja en la revista europea Journal of Hand Surgery, que resultó muy controvertido.

P. Al menos consiguió publicarlo.
R. La verdad, no tuvo mucho mérito, porque uno de los editores entonces de esa revista era yo, pero incluso así salió con una nota en la que se decía que esa era mi opinión, y no la de la publicación.

P. ¿Cómo se recibió?
R. Me decían que no había suficientes casos, que no había estadística. El cirujano que hizo el primer injerto tendinoso –algo que ahora hacemos a diario– publicó un caso, y eso bastó para cambiar toda una manera de operar. Pero, claro, era 1950, un momento de efervescencia científica. A mí me han dicho de todo y no solo por esto. Al empezar con los implantes de dedos de pie a la mano, llegaron a calificarme como un magnífico cirujano, pero un mal médico. El tiempo me ha dado la razón.

P. Desde entonces hasta ahora, ¿ha cambiado la percepción?
R. No, aunque me llaman de muchos foros internacionales para que lo explique. He recopilado una serie de cien pacientes consecutivos y presenté los resultados en la reunión americana de cirugía de la mano, que se celebró en Las Vegas. De ellos, se operaron unos 60. El resto no quisieron, algunos desanimados por anteriores médicos que los trataron y también porque son personas que llevan años con promesas incumplidas. En esta serie, la satisfacción de los operados ha sido altísima. Algunos colegas se acercaban luego a decirme que a ellos también les ha pasado, que han visto casos de Südeck que luego no lo eran. Pero creo que son más tímidos que yo.

P. ¿Qué pasará con la enfermedad de Südeck?
R. Se acabará. Es una mentira.

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