¿Sobran médicos y faltan especialistas en el SNS?

Cuando las autoridades sanitarias buscan médicos y no los encuentran, ¿qué faltan, graduados en Medicina o médicos especialistas? Matizar esta diferencia debería ser la condición sine qua non de cualquier análisis sobre demografía médica. Muchos opinan que hay suficientes médicos, pero que están mal distribuidos en el territorio nacional, o que se marchan al extranjero por falta de oportunidades atractivas, o que forman parte de una gran bolsa de graduados sin especialidad y, por tanto, no se pueden contratar en la sanidad pública. Aún admitiendo estos argumentos, ¿cómo corregirlos? ¿Obligaremos a los médicos a trabajar en lugares donde no les apetece? ¿Les negaremos trabajar en el extranjero? ¿Les ofreceremos trabajos atractivos y les duplicaremos el salario? ¿Contrataremos médicos sin especialidad? Todo es posible, pero difícil, improbable, y, en ocasiones, injusto.

Ante la dificultad de la sanidad pública para encontrar médicos de algunas especialidades, se abren dos escenarios diferentes: seguir discutiendo si son galgos o podencos o arbitrar medidas factibles que respeten las decisiones personales de los médicos. Otra forma de perder el tiempo es seguir reclamando responsabilidades por la mala gestión de los recursos humanos; responsabilidades que nadie va a asumir y que a nadie en concreto podremos exigir.

Pero, puestos a exigir responsabilidades, cabe otra pregunta: ¿Es fácil planificar la demografía médica del futuro? En mi criterio, no. La formación de un médico especialista tiene una duración mínima de diez años; ¿podemos saber a ciencia cierta cuáles serán las variables sanitarias dentro de diez años? Son muchas, y muy cambiantes, y sus raíces las veremos a continuación.

Otra forma de perder el tiempo es exigir responsabilidades por la mala gestión, responsabilidades que nadie va a asumir

El periodo de formación de grado de la educación médica depende del Ministerio de Educación y de la administración educativa autonómica, y sus decisiones han de respetar la normativa europea (Plan Bolonia) y la legislación española. El número de alumnos por clase y la ratio profesor/alumno están regulados. Además, la ley del derecho a la intimidad del paciente regula el número de alumnos en prácticas: no más de tres estudiantes por enfermo.

Por todo ello, en caso de necesidad, la solución “fácil” de incrementar la producción de médicos implicaría incrementar el número de profesores universitarios. Hay que recordar que catedráticos y profesores titulares son funcionarios del estado del Grupo A; para optar a esos puestos, se precisa un reconocimiento previo de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (Aneca), con unas exigencias tan altas que muy pocos médicos pueden cumplir, incluso aquellos con un curriculum notable. Además de imposible en la situación actual, comprometería el futuro cuando haya que reducir la producción de médicos, generando un profesorado intocable y ocioso.

Por otra parte, las facultades médicas privadas (la mayoría producto de intereses ideológicos, políticos o empresariales) pueden distorsionar en gran medida la oferta médica del futuro, y ya están contribuyendo al embudo del sistema MIR. Y, por si fuera poco, suponen una amenaza a la igualdad de oportunidades.

¿Qué faltan, graduados o especialistas? Matizarlo es la condición sine qua non de cualquier análisis sobre demografía

El periodo de formación especializada MIR depende de otra administración, la sanitaria. Su capacidad de formación está limitada por el número de servicios acreditados para impartir docencia y por el número de plazas acreditadas en cada servicio. Estas acreditaciones las proponen las comisiones nacionales de cada especialidad, las tiene que aprobar el Ministerio de Sanidad y las financian las comunidades autónomas. Muchos actores. Otra solución “fácil” sería incrementar de forma notable las plazas MIR. Habría que hacer cambios en los planes docentes de muchas especialidades e incrementar el número de unidades docentes y el número de plazas acreditadas. Se corre el riesgo de formar especialistas con un nivel de calidad inferior al que ha llevado a la Medicina española al prestigio que disfruta. Habrá comunidades autónomas que no estén dispuestas a financiar médicos residentes que no necesitan, para, una vez formados, distribuirlos en un mercado de trabajo de ámbito nacional.

Un profesional dispar

La heterogeneidad del profesional médico es otra de las variables que dificulta la previsión de sus recursos a largo plazo. Un número significativo de graduados en Medicina elige ocupaciones no asistenciales y, por tanto, no van a ser actores directos en los grandes índices sanitarios, como las listas de espera. Se supone que debe ser un número considerable: médicos dedicados a la gestión sanitaria, a la investigación, a inspecciones socio-laborales, a salud pública… Un estudio reciente señala que podrían acercarse a 20.000.

Pedro Cabrera, presidente del Colegio de Las Palmas.

Uno de los grandes tópicos que se argumentan para justificar el déficit de médicos es su fuga a otros países. El parámetro que se maneja para evaluar esta variable es el número de certificados de idoneidad que, emitidos por los colegios profesionales, son necesarios para trabajar en el extranjero. El número total de certificados no se relaciona con el número de médicos que los solicitan. Hay médicos que solicitan varios certificados para aplicarlos en diferentes destinos. Pero, además, hay otras incógnitas en este asunto: ¿Alguien sabe cuántos certificados no se llegan a utilizar? ¿Alguien sabe cuántos son para becarios que estarán poco tiempo fuera del país? ¿Alguien sabe cuántos de los médicos que se han ido regresan cada año? Todo ello hace que este criterio sea un parámetro endeble.

Por otra parte, existen más de 40 especialidades médicas en España. Por ello, los análisis globales de médicos por habitante tienen cierta debilidad. Si una especialidad clave, como Medicina Familiar y Comunitaria, tiene un gran déficit, puede ser compensado por otras especialidades sobredimensionadas. El número global de médicos puede ser adecuado, incluso excesivo, pero nuestro sistema sanitario podría quebrar.

Ante la dificultad del SNS para encontrar algunos especialistas, se puede seguir discutiendo o arbitrar medidas factibles

El modelo asistencial y la legislación sanitaria son grandes reguladores del empleo médico y, por tanto, coparticipes de sus déficits y sus excesos. Legislar, como se hizo hace pocos años, que sólo se repondrían el 10% de los médicos jubilados no solo restringió el empleo, sino que abrió un escenario de sobrecarga para el resto de los médicos, de deterioro en la atención de los pacientes y de desmotivación profesional. Impedir el ejercicio profesional de los médicos más allá de los 65 años ha supuesto una lamentable pérdida de capital humano.

Una interpretación rigorista de la ley de incompatibilidades, unida a malas retribuciones, está favoreciendo la huida de profesionales hacia la sanidad privada, y está limitando la oferta de empleo médico en algunas comunidades autónomas y haciéndolas menos competitivas.

Escenarios diversos

Si se decidiera, por fin, crear la especialidad de Medicina de Urgencias, se cortaría la oferta de empleo a muchos médicos con diversas especialidades, entre ellas, internistas y médicos de Familia, así como a graduados sin especialidad. Sin embargo, aumentarían sus ofertas de empleo, si, como es lógico, se potencian las unidades de hospitalización a domicilio.

Subir la edad pediátrica de 7 a 14 años supuso una gran demanda de pediatras. Sin embargo, si -erróneamente, en mi criterio-, como proponen algunos, y al igual que en otros países, se considerase la Pediatría como especialidad hospitalaria, sobrarían pediatras.

La situación es, pues, muy compleja y, por tanto, no es susceptible de medidas fáciles. Aunque planificar la futura demografía médica sea una labor ardua, no significa que sea imposible. Pero, han de existir vías de contingencia para situaciones puntuales que eviten tomar medidas -o, mejor, ocurrencias-, como contratar en calidad de especialistas a quienes no lo son, o intentar desviar aspectos diagnósticos y terapéuticos a otras profesiones sanitarias.

Urgen vías de contingencia para atajar situaciones puntuales, de forma que no se recurra a ocurrencias peligrosas

Plantear convocatorias MIR de carácter extraordinario para especialidades concretas permitiría una planificación a cuatro años. Plantear convocatorias tipo MIR en las grandes capitales de América Latina para especialistas acreditados, al modo del examen USMLE norteamericano, obviaría el problema de la lengua, y permitiría, a algunos, asegurarles un contrato de trabajo, y a otros darles una acreditación para trabajar en el futuro en nuestro país.

De esta forma, respetando a los MIR en formación, se aliviaría y agilizaría el reconocimiento de especialistas no comunitarios y se permitiría corregir, casi de inmediato, los grandes desequilibrios de algunas especialidades. De forma que no hubiera que contratar al primer “especialista no homologado” que nos toque en la puerta, en muchas ocasiones con formación dudosa.

En resumen, aparte de mejorar la calidad de algunos parámetros que miden el mercado laboral de los médicos, quizás haga falta un poco de imaginación.

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