Un nuevo test mejora la detección y seguimiento en la leishmaniasis

La leishmaniasis es una de las enfermedades parasitarias más devastadoras, con una incidencia de 2 millones de nuevos casos anuales en todo el mundo. Transmitida por la picadura de mosquitos del género Phlebotomus, puede presentarse en diferentes formas dependiendo de la especie de leishmania causante. La forma visceral (conocida en los países endémicos como kala-azar) resulta fatal si no se trata, mientras que la forma mucocutánea, en principio más benigna, compromete la calidad de vida de las personas infectadas si las deja desfiguradas o con cicatrices estigmatizantes. En su extremo menos grave, la leishmaniasis cutánea cursa con úlceras o induraciones en el lugar de la picadura. Por otro lado, los dueños de perros -donde la infección se denomina leishmaniosis- conocen también los riesgos de este patógeno, que puede resultar mortal sin tratamiento.

La leishmaniasis abandonó su cariz de enfermedad propia de países exóticos hace diez años, cuando el municipio madrileño de Fuenlabrada vivió el mayor brote registrado en Europa. España, como otros países de la cuenca mediterránea, se considera región de alto riesgo, pero apenas se cuentan unas decenas de casos al año. Entre 2009 y 2017, en Fuenlabrada se comunicaron 758 casos de las formas cutánea y visceral. La comunidad de Madrid adoptó medidas extraordinarias de desinsectación de las zonas donde se concentraban los mosquitos flebotomos, y también controló la población de conejos y liebres, reservorios habituales de estos protozoos.

Entre 2009 y 2017, en el municipio madrileño de Fuenlabrada se comunicaron 758 casos de las formas cutánea y visceral de la infección

Diez años después, un grupo de investigadores del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), en colaboración con el Departamento de Epidemiología de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, ha publicado una encuesta epidemiológica sobre la población de Fuenlabrada. Los resultados de la encuesta sobre 804 individuos sanos -parte de otra más amplia realizada en 4.000 personas de todas las edades de la comunidad madrileña- se acaban de publicar en la revista Eurosurveillance.

Javier Moreno, responsable de la Unidad de Leishmaniasis y Enfermedad de Chagas en el Laboratorio de Referencia e Investigación en Parasitología del Centro Nacional de Microbiología (ISCIII), destaca que, “tras el brote de leishmaniasis, buena parte de la población ha estado expuesta a la infección, pero ha permanecido asintomática. Sabemos que ese alto número sin la enfermedad es consecuencia del brote por la distribución de los individuos expuestos, mucho más frecuente en las zonas cercanas al parque -origen del brote- que en otras. De hecho, en las zonas próximas la prevalencia de la exposición se sitúa en el 30-40% de la población”.

La prueba desarrollada por los investigadores el ISCIII para poder utilizarla sobre el terreno ha permitido analizar 50-60 muestras diarias

El investigador afirma que hoy no se registran tantos casos de leishmaniasis como antes, aunque sigue habiendo transmisión (unos ocho casos de la forma visceral cada año). “Una de las razones por las que, a pesar de mantenerse la transmisión, hay menos casos es que la población ha adquirido inmunidad específica frente al parásito. Podría decirse que gran parte de Fuenlabrada está inmunizada frente a la infección”.

Al margen de la proximidad con el parque, no se han encontrado factores reseñables de riesgo de exposición al parásito. “El hecho de tener perro no tiene un efecto importante, ya que normalmente están vacunados o tienen collares antiparasitarios”. Tampoco parece influir usar habitualmente repelentes de insectos.

En este estudio epidemiológico, los investigadores, entre ellos Eugenia Carrillo, también del Laboratorio de Referencia e Investigación en Parasitología, centro colaborador de la Organización Mundial de la Salud (OMS), han puesto a punto y empleado un test de estimulación de sangre completa. El sistema convencional de detección de infección asintomática es el test cutáneo de la leishmanina (prueba de Montenegro, la localidad sudamericana donde se introdujo). Es similar al de Mantoux para la tuberculosis. Durante años, se ha utilizado en estudios epidemiológicos, pero ha dejado de estar disponible. De ahí el interés por el test que ha desarrollado este equipo madrileño.
“Es una prueba sencilla, aplicable sobre el terreno, que nos ha permitido analizar unas 50-60 muestras diarias. Además, permite confirmar la curación de los pacientes que han sido tratados de la leishmaniasis visceral, un aspecto muy importante en el caso de los pacientes inmunodeprimidos, que presentan recaídas frecuentes”, destaca Moreno. Una vez validada la prueba con este estudio, se ha exportado a Etiopía, y espera utilizarse pronto en Paraguay, Sudán y Albania.

Una carrera hacia la terapia eficaz

El mejor tratamiento disponible para la leishmaniasis es la anfotericina B liposomal, pero eso no significa que sea una terapia idónea. En realidad dista mucho de ello; entre sus inconvenientes, que se administra por vía intravenosa y hay que mantener la cadena de frío para preservarlo, toda una barrera para un uso generalizado en países donde la enfermedad es muy prevalente, como Brasil, India, Etiopía, Kenia o Somalia. Allí suele recurrirse a otras terapias, que son muy tóxicas y no demasiado eficientes, como la miltefosina (el único fármaco oral contra la leishmaniasis).

A la luz de estos datos, tiene todo el sentido investigar en nuevos tratamientos y a ello se dedica una unidad específica en el Centro de investigación de tratamientos para enfermedades propias de países en vías de desarrollo (DDW, Diseases of the Developing World), que la farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK) tiene en marcha en Tres Cantos (Madrid).

José María Fiandor, el responsable de I+D del centro, cuenta a DM cómo incorporaron la investigación en leishmaniasis visceral -”la más letal”- hace unos nueve años. A diferencia de cómo discurre en este centro la investigación en malaria o tuberculosis, en leishmania se basa en un pequeño grupo de científicos que colabora con otros investigadores de centros académicos y filantrópicos.

“Nosotros aportamos la experiencia en el hallazgo de fármacos al conocimiento de otros centros en esta enfermedad”. Y a esa alianza se suma también la financiación externa. Entre los principales colaboradores que han mantenido estos años, Fiandor destaca a la Universidad de Dundee (Escocia), a la Fundación DNDi (Drugs for Neglected Diseases initiative), en Ginebra, y a la agencia de financiación Wellcome Trust, en Londres.

Esa colaboración empieza a dar sus frutos. Empezaron “ensayando en nuestra colección de casi dos millones de productos. En lugar de centrarnos en el parásito extracelular, que era la fórmula habitual, lo hicimos en la forma intracelular, que es más relevante para la enfermedad. Así obtuvimos unos 200 compuestos, que hicimos públicos para que cualquier grupo pudiera trabajar sobre ellos, con el único requisito de que publicaran sus resultados”.

Este equipo ha seleccionado ya dos candidatos que están en fase I de estudio. “La idea en esta búsqueda de la comunidad científica de nuevos tratamientos, que orquesta DNDi, es hallar no un único medicamento, sino una combinación dual. Se piensa que así la terapia será más eficaz, al igual que ocurre con los tratamientos de la mayoría de enfermedades infecciosas, que son combinados. Ahora hay seis productos, contando con los dos aportados por nuestro grupo, todos ellos en un momento similar de desarrollo; esperamos que de ahí salga un nuevo y eficaz tratamiento”.

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